El ajuste económico dejó de ser solo un dato macro: es una experiencia cotidiana que se vive de manera muy distinta según el nivel socioeconómico. Esa vivencia condiciona cómo se perciben a las empresas —y a la tecnología con la que se relacionan con las
personas.
Nuestros datos muestran dos realidades contrastantes:
𝗖𝗹𝗮𝘀𝗲 𝗺𝗲𝗱𝗶𝗮 𝘆 𝗺𝗲𝗱𝗶𝗮-𝗮𝗹𝘁𝗮.
Para el 48% del total, el ajuste ya es parte de la rutina; sube al 68% en nivel alto y al
74% entre votantes de La Libertad Avanza. Predomina una lógica de adaptación: se reorganiza el gasto, se planifica y se comparan alternativas.
𝗖𝗹𝗮𝘀𝗲 𝗺𝗲𝗱𝗶𝗮 𝗯𝗮𝗷𝗮 𝘆 𝘀𝗲𝗰𝘁𝗼𝗿𝗲𝘀 𝘃𝘂𝗹𝗻𝗲𝗿𝗮𝗯𝗹𝗲𝘀.
Para el 27% del total —y para el 75% del Frente de Izquierda y 58% de Fuerza Patria— el ajuste es preocupación permanente. No es rutina: es incertidumbre diaria, con mayor ansiedad y menor margen de maniobra.
Este contraste define cómo se recibe la 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗹𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗔𝗿𝘁𝗶𝗳𝗶𝗰𝗶𝗮𝗹 en la relación con las empresas.
En medios de pago, la mayoría percibe que la IA ya está presente (41% la nota claramente y 25% “en algunos casos”). Pero las asociaciones espontáneas no son neutras: aparecen palabras como 𝘥𝘦𝘴𝘤𝘰𝘯𝘧𝘪𝘢𝘯𝘻𝘢, 𝘪𝘮𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘭, 𝘧𝘢𝘭𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘩𝘶𝘮𝘢𝘯𝘰𝘴 𝘦 𝘪𝘯𝘴𝘦𝘨𝘶𝘳𝘪𝘥𝘢𝘥.
¿𝗤𝘂𝗲́ 𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗶𝗼́𝗻?
• Para quienes naturalizaron el ajuste, la IA puede ser valorada como eficiencia y rapidez… 𝘀𝗶𝗲𝗺𝗽𝗿𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘅𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗮𝗹𝗱𝗼 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼 𝗮𝗰𝗰𝗲𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲.
• Para quienes viven el ajuste como angustia, una IA mal implementada puede reforzar la sensación de desprotección: menos contacto humano se lee como abandono, no como modernización.
𝗗𝗼𝘀 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗳𝗶́𝗼𝘀 𝗲𝘀𝘁𝗿𝗮𝘁𝗲́𝗴𝗶𝗰𝗼𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗲𝗺𝗽𝗿𝗲𝘀𝗮𝘀:
1. 𝗦𝗲𝗴𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗿 𝗽𝗼𝗿 𝘃𝗶𝘃𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮, 𝗻𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝗶𝗻𝗴𝗿𝗲𝘀𝗼.
2. 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗴𝗿𝗮𝗿 𝗜𝗔 𝗰𝗼𝗻 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹.
Automatizar procesos sí; deshumanizar vínculos, no.
En una Argentina donde el ajuste es rutina para algunos y angustia para otros, el diferencial competitivo no será solo cuánta IA usan las empresas, sino 𝗰𝗼́𝗺𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗯𝗶𝗻𝗮𝗻 𝗜𝗔 𝗰𝗼𝗻 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱, 𝗰𝘂𝗶𝗱𝗮𝗱𝗼 𝘆 𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗮𝗻𝘇𝗮.
